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Columna

Evaluación formativa, sin pies ni cabeza

Jesús Octavio Villarreal-Paz

Lunes, 13 de Mayo del 2024. 6:59:58 pm

Letra más grande

Me atrevería a decir que los maestros son profesionales de muy buen corazón. De uno tan grande que dispuestos están a entregar más de lo que reciben. Pero su discurso emocional a veces los lleva a romantizar sus fines, al punto que sus procedimientos no logran tocar tierra nunca. Ocasionando frustración en su práctica docente.

Pues si un procedimiento mal planteado está, su fracaso residirá justamente en el planteamiento, no en quién ni cómo ni por cuánto tiempo insista en llevarlo a cabo. Uno de estos planteamientos románticos sin pies ni cabeza es la llamada evaluación formativa.

Influenciados por el Humanismo y su terminología, los maestros sienten que cometen un crimen cuando evalúan al alumno para un momento determinado, ya que, según dicta el Humanismo, el alumno es un ser inacabado y con potencial de cambio indefinido, por lo que evaluarlo para un momento especifico sería reducirlo y limitarlo.

Así que las evaluaciones que parezcan mínimamente reduccionistas son evitadas, tales como la evaluación inicial o diagnóstica y la evaluación final o sumativa. En lugar de ellas, aparece la evaluación formativa, que abarca la una y la otra; sin realmente tener principio ni final claro (Ver Tabla 1). La evaluación formativa debe ocurrir en todo momento, supuestamente. Pero, ¿Ha sido posible evaluar al alumno en todo momento? ¿Tiene algo de sustancioso hacerlo así? ¿Es reduccionista evaluar en diferentes momentos específicos?

Desde luego que no ha sido posible llevar a cabo una evaluación formativa objetivamente. Un docente, frente a cualquier grupo de estudiantes, con la variedad de tareas que debe de hacer durante clase, es incapaz de evaluar de manera personalizada y continúa a su alumnado. La evaluación formativa es una imposibilidad física. Resulta impracticable, pero también es innecesaria. Extraña que sea el propio Humanismo quien considere viable una tarea humanamente irrealizable.

El maestro no es el único profesional que requiere evaluar a sus usuarios. También evalúa a los suyos el médico, el nutriólogo y el psicólogo, por mencionar algunos. Todos estos profesionales cuentan con los mismos momentos de evaluación que los maestros, que son al inicio o antes de iniciar alguna aplicación y al final o después de la aplicación.

Asímismo, médicos, nutriólogos y psicólogos también evalúan a sus usuarios "formativamente", pero sin buscarle tres pies al gato ni quebrándose la cabeza. Les basta con realizar monitoreos intermitentes y retroalimentar cuando sea necesario.

De hecho, ellos valoran, priorizan y confían más en las evaluaciones diagnósticas y finales que en alguna del tipo formativa. Un médico puede tomar los signos vitales de su paciente y registrar síntomas cuando éste le llega a consulta, luego, según el cuadro, recetar fármacos, esperar a que actúen, para luego del periodo de tratamiento volver a evaluar al paciente bajo los mismos parámetros, contrastando un antes y un después de los fármacos, teniendo la predicción de que la medicina haya hecho su función disminuyendo los síntomas y aliviando al paciente. Si después del tratamiento los síntomas siguen igual o peor, significa que el tratamiento no sirvió. El médico debe evaluar igual al inicio que al final, si no, ¿Cómo podría evidenciar un cambio en su paciente?.

Lo mismo ocurre con el nutriólogo. Toma mediciones cuando llega el paciente, aplica el plan nutricional diseñado, y luego de un tiempo vuelve a tomar mediciones. Mismo muestreo, mismo instrumento, mismo parámetro y misma técnica. Si el cambio entre la primera y la segunda evaluación es favorable, significa que el plan nutricional tuvo éxito. El nutriólogo podría medir día a día a su paciente, minuto a minuto o incluso acortar al mínimo el tiempo entre cada evaluación al punto de hacer una de tipo formativa, pero sería innecesaria y desgastante.

Evaluar antes y después de un tratamiento, aún cuando haya un espacio de tiempo importante entre ambas, ha demostrado ser bastante efectivo. Análogo cuento para el psicólogo. Registra la ocurrencia de ciertas conductas del usuario, aplica un modelo terapéutico y luego vuelve a registrar la ocurrencia de las mismas conductas, esperando un cambio que represente mejoría según los objetivos del servicio. La efectividad de esta clase de evaluaciones (antes, tratamiento, después) se encuentra en su
contrastabilidad (Ver Tabla 2).

Al maestro le parecen insignificantes estas formas de evaluar. Cree que una evaluación omnipresente es mejor a una que ocurre sólo al principio y al final. Piensa que una evaluación constante no dejaría datos sin pescar. Está al asecho de la potencialidad, por eso no puede despegar su ojo del alumno. Estos razonamientos propios del humanista no le permiten pensar en contrastar estados previos y posteriores a su enseñanza.

Otro fallo que cometen los maestros al evitar estas evaluaciones contrastables es que no evalúan los mismos criterios cuando rescatan aprendizajes previos de sus alumnos que cuando aplican la evaluación final. Normalmente evalúan al inicio nociones muy generales y al final situaciones de mayor dificultad.

Los maestros deberían usar la misma evaluación al comienzo del curso que al final, no importando que el alumno falle en todas sus respuestas en el primer momento, y sin importar tampoco que esa experiencia sirva de guía para anticipar la segunda evaluación. Los médicos, nutriólogos y psicólogos no cambian su forma de evaluar para las siguientes citas mientras estamos en un mismo tratamiento, como intentando que fracasemos en conseguir la meta trazada.

En cambio, nos hacen saber lo que esperan de nosotros, permitiéndonos así tener mayores oportunidades para mejorar nuestro desempeño la siguiente vez que seamos evaluados. Entonces ¿Por qué el maestro no habrá de anticipar al estudiante lo que se espera de él al final? Concluyo que la evaluación formativa es un mito pedagógico gestado al calor de un humanismo sin pies ni cabeza.

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Comentarios

Carolina

2024-05-18 21:15:43

Desde tu punto de vista la evaluación formativa es "impracticable e innecesaria", pero ¿qué garantiza que una evaluación diagnóstica y una evaluación sumativa sean exitosas?, ¿acaso es necesario calificar trabajos por calificar?, ¿es necesario aventar las libretas en el piso asegurando una calificación como lo hizo una maestra hace unos meses en México? Por años se han aplicado y el país sigue teniendo muchas áreas de oportunidad en materia educativa. Y esto es porque no se aplica una evaluación formativa basada en la retroalimentación a los errores que comenten los alumnos. De nada sirve que el maestro califique si el alumno no sabe cómo mejorar. Así que tu punto de vista sólo refleja lo poco que sabes de estar frente a un grupo de más de 40 estudiantes.

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